Irvin Ibarra, mujer venezolana, inspira a una comunidad colombiana mediante el baile
En Ciudad Bolívar, un distrito del sur de Bogotá a más de 2.800 metros sobre el nivel del mar, Irvin Ibarra ha convertido su jornada matutina en un esfuerzo por transformar su barrio. Con más de 700.000 habitantes en la zona, la vida diaria se asienta entre carreteras sinuosas y un teleférico que opera desde hace unos años. Irvin, de 59 años, llega a despertar a las 4:00 de la mañana y, tras preparar una arepa para su nieta, inicia su segunda jornada: líder comunitaria, maestra y mentora.
La venezolana llegó a Colombia hace una década, huyendo de la escasez de alimentos y de la pérdida de su empleo en Zulia, y se estableció inicialmente en Valledupar. Años más tarde, y tras vivir también en Bogotá, decidió quedarse en Ciudad Bolívar, donde ha desarrollado un trabajo que va más allá de la educación física: la formación de un grupo de baile comunitario que hoy se denomina The Royal Family y que ha impactado a decenas de adolescentes en los últimos cuatro años.
La historia de Irvin comenzó a tomar forma cuando su hijo mayor sugerió crear un grupo de baile para aprovechar su vocación de ayudar a los demás. Lo que empezó con tres jóvenes en una calle no pavimentada de su casa creció rápidamente a diez integrantes y, posteriormente, a 55 adolescentes atendidos en los últimos años. El primer festival del grupo terminó con un premio de 750.000 pesos colombianos, que fue utilizado para comprar tela para los uniformes y afirmó a Irvin que el proyecto tenía potencial real, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).
Entre las participantes, la mitad son migrantes y un tercio llegó a Ciudad Bolívar huyendo de la violencia en otras partes de Colombia. Las clases son gratuitas y el espacio, un lugar de encuentro seguro donde las reglas son claras: respeto, disciplina y trabajo en equipo. Al inicio, los ensayos se realizaban al aire libre, en terreno arenoso; después se consiguió un salón prestado en el Centro de Formación Técnica Juan Bosco Obrero, que ofrece mayor privacidad y protección ante la lluvia.
Una vez finalizadas las prácticas, muchos estudiantes cenan en una cocina comunitaria cercana. Hacia las 20:00, Irvin acompaña a varios de ellos a sus hogares para asegurar que lleguen sanos y salvos. Los vecinos bromean diciendo que recorre las calles como una “gallina protectora” que reúne a sus pollitos, pero para Irvin el objetivo es claro: ofrecer a los jóvenes un mundo distinto al que enfrentan afuera.
“Mis estudiantes tienen otro mundo aquí. Afuera enfrentan realidades difíciles. Aquí pueden respirar”, dijo Irvin, quien afirma que la disciplina y la confianza adquiridas a través del baile le permiten corregir a sus alumnos con la motivación de que se apoyen entre sí. Sus propios hijos, que viven en Chile, le han pedido que se mude con ellos, pero ella decidió quedarse para continuar con este trabajo, convencida de que el talento de los jóvenes puede trascender fronteras.
Más allá del baile, Irvin participa en un comité comunitario dentro de un proyecto de la OIM y otras agencias de la ONU, con apoyo de la Alcaldía de Bogotá. El grupo ha propuesto planes para brigadas de salud, mejoras en la recolección de basura, cuidado de espacios compartidos y apoyo a pequeños negocios locales, además de fomentar intercambios culinarios y actividades culturales para fortalecer los lazos comunitarios. Según la OIM, estas iniciativas buscan ampliar la capacidad de la comunidad para enfrentar sus retos y abrir oportunidades para los niños y adolescentes que crecen allí.
Para Irvin, el esfuerzo va ligado al cuidado del barrio y a velar por las oportunidades de los jóvenes. “Todo se trata de cuidar: cuidar el barrio, abrir oportunidades y velar por los niños que crecen aquí”, afirmó. Su aspiración es que sus estudiantes representen a Colombia en el extranjero, un objetivo que considera posible gracias al talento que ha podido descubrir y acompañar en Ciudad Bolívar. “Si ellos triunfan, todo el barrio triunfa”, afirmó.
La historia de Irvin se enmarca en un contexto de migración venezolana en Colombia y de iniciativas ciudadanas que buscan respuestas directas a las necesidades de comunidades urbanas en transición. El testimonio de su labor se mantiene como ejemplo de cómo el arte y la inclusión social pueden convertirse en herramientas de desarrollo local, con respaldo institucional y una red de apoyo que pretende ampliar su alcance en los próximos meses.









