Familias desplazadas por los terremotos de Venezuela se refugian en estadios de béisbol
Tras los terremotos del 24 de junio, el estadio de béisbol de Playa Grande pasó a ser un refugio literal. Sobre el terreno donde antes se jugaba hay toldos, colchonetas y bolsas con ropa.
Los niños se mueven entre las carpas mientras voluntarios reparten café, sándwiches y otros alimentos. A ambos lados del refugio se ven los restos de varios edificios dañados por los sismos, en una zona donde la búsqueda bajo los escombros sigue.
Daniela Jaramillo llegó allí con su esposo, su padre, sus cinco niños, uno de apenas diez meses, y su perrita embarazada, después de pasar dos noches al aire libre frente a una sede policial.
El terremoto los sorprendió mientras la familia conversaba en el pasillo de su casa.
“Agarramos a los niños, los metimos en el medio y nos abrazamos todos”, cuenta Daniela. “Veíamos cómo los pedazos se venían abajo, las paredes. Lo más importante era proteger a los niños”.
Cuando el movimiento les dio un chance, salieron corriendo hacia las viviendas de enfrente en busca de un refugio más sólido. Entonces comenzaron a explotar bombonas de gas. Para escapar, tuvieron que saltar un muro y llegar a una zona despejada.
“Todito se reventó”, recuerda su padre.
Tras sobrevivir esa noche, la familia pasó las dos siguientes a la intemperie. “Teníamos mucho miedo”, dice Daniela.
El primer día comieron poco. Al siguiente encendieron una leña e hicieron una sopa, hasta que supieron que se estaba ofreciendo ayuda en el campamento transitorio de Playa Grande.
La casa de Daniela no quedó destruida por completo. Ella lo repite varias veces, casi como una disculpa, consciente de que otras familias perdieron mucho más.
“Gracias a Dios no tuvimos pérdidas humanas”, afirma. “Decir que ahorita lo más urgente es una casa sería egoísta. Mientras nosotros estamos estables aquí, enfrente hay gente que todavía está tapiada”.
La Guaira, el estado costero encajado entre el Caribe y las montañas al norte de Caracas, ha sido una de las zonas más golpeadas por los dos terremotos que sacudieron el centro-norte de Venezuela el 24 de junio. La región aún conserva la memoria del deslave de 1999, que devastó comunidades enteras de la costa.
Hasta el momento, las autoridades reportan al menos 2.295 muertos y 11.256 heridos en el país. Unas 6.400 personas han sido rescatadas. En La Guaira se han instalado 14 campos para desplazados, mientras los hospitales siguen bajo fuerte presión y continúan las operaciones de búsqueda y rescate.
La transformación del estadio de Playa Grande refleja el papel que han asumido los espacios y las comunidades deportivas desde el terremoto. Al principio, organizaciones locales y voluntarios ayudaron a abrir el recinto para familias que se quedaron sin vivienda.
En otras zonas de La Guaira, futbolistas profesionales se han sumado a las labores de rescate en edificios colapsados.
Ahora, las autoridades han designado el lugar como uno de los tres espacios, llamados campamentos transitorios, donde el sistema de Naciones Unidas puede ofrecer ayuda.
El Programa Mundial de Alimentos prevé instalar un comedor para las familias desplazadas antes del viernes. UNICEF trabaja para identificar espacios destinados a la protección de la niñez, así como servicios de agua, saneamiento e higiene. La Organización Internacional para las Migraciones participa en la planificación de alojamientos temporales y otros servicios de apoyo.
“En este momento los equipos de búsqueda y rescate siguen trabajando incansablemente. Hasta anoche habían encontrado personas vivas. En paralelo, estamos trabajando en coordinación con las autoridades en los centros; los hemos llamado campamentos transitorios”, informó este miércoles Vanessa May, jefa de la Oficina de Asuntos Humanitarios de la ONU para el país.
“La idea es que acá las personas puedan tener una respuesta integral en salud, seguridad alimentaria, nutrición, pero también que sea un espacio donde encuentren apoyo psicosocial”, añadió.
En la cancha, el calor se acumula desde temprano. A las ocho de la mañana, la temperatura ya ronda los 24 grados y luego sube hasta cerca de los 29. La lluvia de los últimos días ha empeorado la situación.
La noche anterior a la llegada de los nuevos toldos, Daniela y los niños se mojaron por completo.
“Habíamos armado algo con sábanas, pero cayó un balde de agua horrible”, cuenta. “Se mojaron los niños, se mojaron las cosas. La mayoría perdió sus cosas otra vez”.
Ahora tienen una lona y colchonetas. No es una vivienda ni una solución permanente, pero les permite pasar la noche con algo más de protección.
Para Daniela, el campamento no es solo un lugar donde dormir. También sirve para intercambiar información, preguntar si alguien ha sabido de un familiar desaparecido y observar el trabajo de rescate en las inmediaciones.
Algunas familias no han ido a los campamentos. Prefieren permanecer cerca de los edificios dañados, incluso si sus viviendas ya no tienen agua o no son seguras. Otras pasan día y noche junto a los escombros, esperando que saquen a sus familiares, vivos o muertos.
En medio de esa incertidumbre, la familia de Daniela ha tratado de aferrarse a lo que pudo salvar.
Bajo una de las camas improvisadas, entre mantas y bolsas, están cinco cachorros que nacieron hace dos días. El padre de Daniela regresó a la casa para rescatar a la perra de la familia, que estaba preñada, y logró sacarla con vida.
Dos días después, en el campamento, dio a luz. Un veterinario brasileño que llegó como voluntario revisó a la madre y a las crías, que están saludables.
Daniela agradece a los voluntarios, las fundaciones, las autoridades y las personas llegadas de otros países.
“Gracias a Dios hay ayuda, de ustedes y de parte de todo el mundo”, dice.
Al caer la tarde, las familias comienzan a prepararse para otra noche bajo los toldos. Los niños se acomodan junto a sus padres. Los voluntarios siguen cruzando el campamento con alimentos y suministros médicos.
El estadio que antes reunía a familias para disfrutar del deporte más popular en Venezuela ahora ofrece algo más básico: un lugar donde pasar la noche y una medida de seguridad. No está claro cuánto tiempo permanecerán allí, cómo encontrarán sus hogares cuando puedan regresar ni cómo una comunidad ya marcada por desastres volverá a reconstruirse.
Daniela dice que trata de no pensar demasiado lejos.
“Todavía hay personas desaparecidas”.








