Decenas de miles de migrantes sufren las consecuencias del recrudecimiento de la violencia xenófoba en Sudáfrica
La crisis ha desplazado a decenas de miles de personas y ha dificultado el acceso a la atención sanitaria en muchas de las comunidades afectadas.
Según distintos informes, la violencia ha causado al menos cuatro muertes, numerosos heridos y la destrucción de muchas viviendas.
Los equipos de la organización responden a necesidades urgentes de salud, protección y derechos humanos en Gauteng, KwaZulu-Natal, el Cabo Occidental y en las localidades fronterizas de Musina y Beitbridge, a ambos lados de la frontera entre Sudáfrica y Zimbabue.
“Nos llena de tristeza e indignación ver cómo la gente se está viendo obligada a huir ante el acoso y la violencia a los que se ve sometida”, dijo Claire Waterhouse, coordinadora de Emergencias de MSF.
La responsable añadió que la prioridad es garantizar el acceso a la atención sanitaria a las personas en situación de mayor riesgo, independientemente de quiénes sean o de dónde procedan.
“La situación sigue siendo complicada; nos preocupa mucho que todo esto se acabe convirtiendo en una grave crisis humanitaria”, afirmó.
Grupos antiinmigración emitieron públicamente un ultimátum para que todos los migrantes indocumentados abandonaran el país antes del 30 de junio, una fecha límite fijada por ellos de forma arbitraria.
Aunque esos grupos han afirmado que sus advertencias solo se dirigen a migrantes indocumentados, las personas atendidas por MSF han indicado que refugiados, solicitantes de asilo y migrantes documentados también han sufrido amenazas, violencia e intimidación.
Decenas de miles de personas, muchas de ellas procedentes de Malaui, Mozambique, Zimbabue, Nigeria y Ghana, han huido de sus hogares por la falta de seguridad y las amenazas recibidas.
Las personas desplazadas buscan refugio en parques, iglesias, consulados y otros lugares.
“Estamos especialmente preocupados por la continuidad de la atención médica a personas con enfermedades crónicas como diabetes, hipertensión, trastornos de salud mental, VIH y tuberculosis”, dijo Phumla Tsotetsi, enfermera de MSF.
Tsotetsi advirtió de que la falta de tratamiento o las interrupciones en la medicación pueden provocar graves complicaciones de salud.
“Estamos dando prioridad a las necesidades más urgentes de los niños pequeños, las mujeres embarazadas y las víctimas de violencia”, añadió.
La enfermera también explicó que han atendido a mujeres que han dado a luz recientemente, algunas de las cuales aún tenían heridas de cesárea sin cerrar, porque sus partos ocurrieron unos días antes de los disturbios y tuvieron que salir huyendo.
La gente ha huido de todos los rincones del país, incluidas zonas rurales y agrícolas.
MSF cuenta con tres equipos de hasta 10 trabajadores que han establecido clínicas móviles para ofrecer atención primaria, atención a pacientes con enfermedades crónicas, apoyo psicológico y primeros auxilios, además de distribuir artículos esenciales, incluidos kits de higiene.
La organización también supervisa la gestión del saneamiento para detectar posibles riesgos para la salud pública en las zonas donde se han concentrado las personas desplazadas.
Sus equipos están ayudando además a derivar a clínicas y hospitales a los pacientes que requieren atención más especializada.
En Ciudad del Cabo, uno de los equipos atendió a una madre que había sido desalojada recientemente por su casero por carecer de documentación.
Su hijo pequeño, que padece un tipo raro de cáncer, necesitaba quimioterapia con urgencia para seguir con vida.
Aunque finalmente ingresó en el hospital, sigue sin estar claro si la familia podrá permanecer en Sudáfrica, lo que refleja la vulnerabilidad de muchos migrantes no sudafricanos desplazados y las dificultades para acceder y continuar con la atención médica esencial.
En Johannesburgo, una psicóloga de MSF atendió a una mujer con un trastorno de salud mental preexistente y diagnosticado que, tras huir de la violencia, no había podido acceder a su medicación.
“Sufría alucinaciones graves y corría el riesgo de autolesionarse”, explicó Tsotetsi.
“Afortunadamente, el médico de nuestro equipo pudo ayudarla a reanudar su medicación ese mismo día”, añadió.
En Musina, un equipo de MSF está ampliando de forma urgente sus operaciones para responder a las necesidades médicas de las personas congregadas cerca de la frontera.
“Seguiremos trabajando mano a mano con las partes implicadas, incluidas las comunidades afectadas, los Departamentos de Salud provinciales sudafricanos y las organizaciones de la sociedad civil, para adaptar nuestra respuesta de emergencia a medida que evolucionen las necesidades”, afirmó Tsotetsi.
MSF ha prestado asistencia médica gratuita tanto a sudafricanos como a migrantes, solicitantes de asilo y refugiados en Sudáfrica, y ha respondido en repetidas ocasiones a las repercusiones sanitarias de la violencia xenófoba y a las barreras de acceso a la atención sanitaria.
La organización también intervino durante los grandes brotes de violencia de 2008, 2009, 2015 y 2019.
La violencia xenófoba se ha repetido en Sudáfrica durante más de dos décadas, a menudo en períodos de tensión social y económica.
Los ataques de 2008 fueron los más graves hasta la fecha: se cobraron la vida de al menos 62 personas y provocaron el desplazamiento de más de 100.000.
En diciembre de 2025, junto con otras organizaciones de la sociedad civil, MSF logró que el Tribunal Superior de Gauteng dictara una sentencia que ordenaba al Estado adoptar medidas inmediatas y decisivas para poner fin a la obstrucción del acceso físico a determinados centros de salud públicos.
La obstrucción había sido ejercida por grupos antimigrantes y por algunos profesionales sanitarios.
La sentencia reafirmó que no se debe denegar el acceso a la asistencia sanitaria por motivos de nacionalidad o situación migratoria.
Proteger ese acceso no solo es una obligación legal, sino también un imperativo de salud pública que ayuda a proteger la salud individual y comunitaria y a prevenir brotes epidémicos.
“Llevamos décadas trabajando en los países del sur de África”, dijo Waterhouse.
Añadió que el equipo de MSF en Zimbabue ya está haciendo frente a la crisis, mientras que en Mozambique se están evaluando las necesidades médico-humanitarias de los migrantes que regresan al país.
“Contrariamente a la narrativa que está surgiendo, según la cual la acción xenófoba no ha sido tan violenta ni sus consecuencias tan catastróficas, los migrantes afectados han compartido con MSF testimonios que no dejan lugar a dudas sobre el terrible maltrato que han sufrido”, concluyó.
Grace, una mujer zimbabuense de 30 años que vive en Hebron, en la provincia del Noroeste, desde hace 18 años, está en su primer trimestre de embarazo.
“A eso de las 10 de la noche vinieron al lugar donde me alojo con mis tres hijos y derribaron nuestras puertas a patadas”, relató.
Cuando intentó llamar a la policía, le quitaron el teléfono y lo rompieron. En la casa de al lado, golpearon a su vecino, que es de Mozambique, con una cadena.
“Les dije que estaba embarazada de dos meses, pero aun así me golpearon”, añadió.
Más tarde, grupos antimigrantes no le permitieron entrar en la clínica local, cuando iba a registrar su embarazo y hacerse una revisión.
No es la única paciente que ha sufrido actos xenófobos en un centro sanitario.
Dalitso, un hombre malauí de 49 años que vive en South Lenasia, Johannesburgo, acudió a una clínica la mañana después de haber sido agredido durante una campaña puerta a puerta dirigida “contra los extranjeros” la noche del 30 de junio.
Durante la agresión le robaron todo su dinero, su ordenador portátil y otros objetos de valor.
“Llevé mi pasaporte a la clínica y se lo mostré”, contó.
Explicó que le dijo al personal que alguien había entrado en su casa, le había robado sus cosas y le había golpeado, y que no se encontraba bien.
“Me salía sangre por la boca y por los ojos”, relató.
Según su testimonio, una persona que trabajaba en la clínica le respondió: “Eres extranjero, no podemos ayudarte, tienes que irte a tu país. No quiero extranjeros aquí. Si te quedas aquí, puedo llamar a la gente y vendrán aquí y te volverán a dar una paliza”.
Thulani, un hombre de 45 años de Zimbabue que lleva 21 años viviendo y trabajando en Sudáfrica, no había sufrido ningún acto de xenofobia manifiesta desde los ataques de 2008.
Temiendo por su seguridad, envió a su mujer a otra comunidad y pasó la noche de la protesta del 30 de junio en casa de un amigo, en Mamelodi, Pretoria.
A la 1:20 de la madrugada oyó un gran alboroto cerca de su casa, pero intentó ignorarlo.
Al día siguiente, al volver, se quedó traumatizado.
“Me desperté pronto por la mañana, antes de las 5. Quería ir a ducharme a mi casa… pero la habían quemado”, contó.
“Queman todo. Yo solo lloraba; ya sabes que si eres un hombre hecho y derecho no puedes llorar, pero ellos se llevaron todo lo que quisieron: mi tele, la nevera, el sofá; y después de eso, lo quemaron todo, quemaron entera mi casa de chapa. Estoy aquí con lo puesto. No tengo nada; voy a volver a Zimbabue sin nada”, añadió.
Por motivos de seguridad, se han cambiado los nombres de todas las personas que compartieron su testimonio con MSF.








