Gaza: no hay alto el fuego y persiste la violencia estructural
El texto sostiene que no se trata de un alto el fuego, sino de la misma violencia estructural bajo otro nombre. Lo describe como una continuación del genocidio, diseñada para prolongar el sufrimiento sin provocar una condena internacional masiva.
En medio de esa situación, los equipos palestinos han seguido gestionando hospitales de campaña, atendiendo a heridos, prestando apoyo en salud mental, distribuyendo agua y proporcionando asistencia sanitaria general en Gaza.
Según el Ministerio de Sanidad de Gaza, 1.185 palestinos han muerto y 3.816 han resultado heridos desde que se anunció el alto el fuego el 10 de octubre de 2025. El balance equivale, aproximadamente, a un muerto o herido cada hora y 20 minutos durante nueve meses.
Unicef informó además de que, a 19 de junio, más de 265 niños habían muerto. En paralelo, las fuerzas israelíes continúan con ataques diarios en toda Gaza mientras amplían cada día su zona de control.
Para el personal en Gaza, la frontera entre atender a pacientes y convertirse en uno de ellos es muy delgada. El 16 de julio, un ataque israelí cerca de la clínica en Al Mawasi dejó cuatro heridos que tuvieron que ser atendidos por sus equipos.
Al día siguiente, dos bloques de apartamentos donde vivía personal en la ciudad de Gaza fueron alcanzados sin aviso. Las familias quedaron atrapadas mientras las explosiones rompían las ventanas. En uno de los edificios, los escombros y cadáveres cayeron sobre el apartamento de la planta baja de un trabajador.
Ese mismo día, en Deir al Balah, en el centro de Gaza, los equipos atendieron a 12 personas, siete de ellas niños, heridas tras un ataque israelí contra un funeral en Al Nuseirat. El ataque dejó ocho muertos y 20 heridos, entre ellos el hijo de 21 años de un miembro del personal.
La línea amarilla, negociada como parte del alto el fuego y justificada por razones de seguridad, se ha convertido en otro mecanismo de control y violencia, según el texto. Divide la Franja, confina a los palestinos en un espacio más reducido y los expone a ataques continuados.
Esta semana, una madre contó que su hijo de 14 años, con síndrome de Down, recibió cinco disparos de francotiradores israelíes cerca de esa línea mientras jugaba junto a su casa.
Un alto el fuego debería implicar la suspensión de las hostilidades, el silencio de las armas y la protección de la población civil en toda la Franja. El texto sostiene que no puede usarse como arma de guerra ni para reforzar el confinamiento de Gaza.
Más allá de las heridas físicas, los equipos siguen observando niveles muy altos de duelo, ansiedad, trastornos del sueño y angustia psicológica en adultos y niños. Estos síntomas, lejos de remitir, se acumulan bajo los ataques aéreos, el desplazamiento y el deterioro de las condiciones.
Algunos pacientes, incluidas madres, han dicho que tienen pensamientos suicidas. Para los palestinos, un alto el fuego solo tendría sentido si creara condiciones para hacer el duelo, reconstruir sus vidas y recuperarse de la violencia sufrida. El texto afirma que eso no ha ocurrido en Gaza.
La recuperación psicológica, añade, no puede producirse mientras sigan cayendo bombas y se escuche el zumbido constante de los drones. La población vive con el temor de no saber si ella, sus familiares o sus vecinos sobrevivirán al día.
La protección de la población civil no empieza cuando se firma un alto el fuego. Debe garantizarse también durante las hostilidades activas y facilitarse la ayuda. Tras nueve meses de este supuesto alto el fuego, las heridas de la guerra no solo no se han curado: siguen infligiéndose.








