Ucrania: cuatro años de guerra total y sus efectos
En Ucrania, la guerra afecta a todos los aspectos de la vida y deja a muchas personas en un “modo supervivencia”; así lo afirmó Jorge Castro Armijo, coordinador de proyectos en Vinnytsia, al oeste del país. Destacó que, pese a los esfuerzos de ayuda, algunas consecuencias para la salud mental no son plenamente visibles.
Damir tiene dos meses. Su madre, Kateryna Murashkina, tiene 17 años. Desde que nació, lo han bañado dos veces: una en el hospital y otra en un día excepcional en el que volvió la electricidad por un breve periodo de tiempo. “Ahora usamos toallitas porque hace mucho frío”, señala la madre. “La habitación no se calienta a tiempo para bañarlo. Tengo miedo de que mi hijo se resfríe”.
Kateryna y Damir residen en un antiguo instituto científico de Dnipro, convertido en refugio en 2022, donde la organización mantiene consultas médicas para los residentes. En ese lugar viven unas 270 personas desplazadas desde zonas ocupadas o ciudades devastadas. Los repetidos ataques contra infraestructuras energéticas dejan a los refugiados varios días sin calefacción, agua o electricidad, con temperaturas que pueden descender hasta 20 grados bajo cero.
La presencia en refugios mediante clínicas médicas móviles refleja las crecientes necesidades de las personas desplazadas, ya que los combates siguen vaciando pueblos y aldeas. Las consultas realizadas a través de estas clínicas se duplicaron en 2025 respecto de 2024, al pasar de 4.327 a 9.500 atenciones.
Para muchas personas que viven junto al frente, abandonar el hogar es una decisión difícil y peligrosa. Con recursos limitados y pocas alternativas, las personas mayores y quienes padecen enfermedades crónicas suelen quedarse hasta que los bombardeos y el colapso de servicios esenciales les dejan sin opción de quedarse.
La magnitud de la destrucción en Ucrania ha ido en aumento desde la invasión de 2022. La naturaleza de la guerra en primera línea—artillería, drones y misiles—ha obligado a adaptar las operaciones: nuestros equipos han tenido que abandonar 7 hospitales y más de 40 lugares donde tenían clínicas móviles. Junto a la destrucción material, se despliega un impacto menos visible pero igual de profundo: el deterioro de la salud mental. Entre 2022 y 2025, las campañas médicas han realizado más de 55.000 consultas psicológicas.
“La mitad de los pacientes atendidos en el centro de salud mental ha recibido un diagnóstico de trastorno de estrés postraumático o depresión”, explica Elena Butta, excoordinadora médica en Vinnytsia. “Cuando una proporción tan elevada de la población vive con secuelas del trauma, se resiente el tejido social: no es solo sufrimiento individual, también se ven afectadas las relaciones familiares, la capacidad de trabajar y la confianza en el futuro”.
En Vinnytsia, en el centro Vidnovlennia, que en ucraniano significa “reconstrucción”, se ofrece apoyo psicológico a veterans, desplazados internos, supervivientes de cautiverio y civiles que han sufrido traumas o estrés prolongado. La organización define su labor en tres pilares: psicoterapia para trastorno de estrés postraumático; psicoeducación y promoción de la salud mental, con énfasis en reducir el estigma a nivel comunitario; y formación de organizaciones locales para fortalecer su autonomía.
En Lyman, en la región de Donetsk, se gestionaban clínicas médicas móviles antes de que la inseguridad impidiera operarlas. En junio de 2024 cesaron las actividades y, en la actualidad, alrededor de 2.000 residentes permanecen en la ciudad, que ha sido foco de bombardeos diarios.
Entre las personas desplazadas se encuentra Zinaida Babisheva, de 67 años, que ahora vive en el refugio de Dnipro. Recuerda la vida anterior a la invasión: “sacábamos las mesas a la calle en días festivos para comer con los vecinos”. Zinaida recuerda también su jardín. Liubov Kuzmenko, de 65 años y procedente de Siverskodonetsk, vive en el refugio junto a Zinaida, Kateryna y Damir; su apartamento fue saqueado cuando las fuerzas rusas tomaron la ciudad. “Lo que más me duele es la separación de mi familia; mis padres quedaron bajo ocupación y mi padre murió en 2024; no pude volver para enterrarlo”, comenta Kuzmenko, quien envía mensajes de video a su madre.
A medida que la guerra se prolonga, hospitales, farmacias, escuelas y tiendas han sido destruidos o cerrados, y las comunidades se han vuelto inhóspitas. Con el avance de los combates, el desplazamiento continúa y las necesidades humanitarias se vuelven más complejas y duraderas. Además de la atención psicológica, la organización apoya a hospitales cercanos al frente, gestiona ambulancias para heridos de guerra y opera clínicas móviles en refugios y comunidades que albergan a personas desplazadas o que permanecen pese al colapso de servicios y el avance del frente.








