Publicada el: 12 de julio de 2026 :: 7:16 am

Ingeniera deja la NASA para enseñar IA en un aula de Ghana

Ingeniera deja la NASA para enseñar IA en un aula de Ghana

Cuando Nia Jetter era niña, en un barrio de Nueva Jersey, ahorraba las monedas de 25 centavos que le regalaba su abuelo. No las gastaba en dulces: las guardaba para comprar baterías y bombillos. Había visto un programa sobre electricidad en la televisión pública y quería construir sus propios circuitos con lo que encontrara en el vecindario.

Su padre la llevaba a la biblioteca para buscar materiales, y su madre, maestra de kínder y de educación especial, le enseñaba a explicar cosas complejas de manera simple.

Tres décadas después, aquella niña había ayudado a construir el sistema de satélites GPS del que hoy depende gran parte del mundo. También trabajó en la NASA, Boeing y Raytheon, y ocupó uno de los puestos técnicos más altos de Amazon: Senior Principal Technologist en Robotics AI.

Entonces, en el punto más alto de su carrera, entendió cuál era su verdadera vocación.

“Estudié inteligencia artificial antes de que fuera tan cool como ahora”, dice.

Nia cursó Matemáticas con Ciencias de la Computación en el MIT y una especialización en ciencias planetarias, porque le apasionaba la astronomía. En un proyecto de investigación volvió a derivar la tercera ley de Kepler al observar las cuatro lunas interiores de Júpiter.

Después hizo una maestría en Aeronáutica y Astronáutica en Stanford, y pasó 20 años desarrollando algoritmos autónomos para naves espaciales y robots.

Era, en todos los sentidos, una ingeniera en la cima. Pero algo la inquietaba: el momento que vive la humanidad.

“Este momento en el tiempo es muy importante para el mundo por lo que está pasando con la inteligencia artificial, por cómo la IA está moldeando nuestra sociedad y cómo la gente está moldeando la IA”, explica.

Y agrega: “Si no tenemos todas las voces correctas en la sala dando forma a la inteligencia artificial, y si la base de usuarios del mundo no tiene un entendimiento básico de la IA, el producto que terminemos teniendo no será lo mejor para nosotros como comunidad global”.

Esa convicción cambió todo. Nia entendió que podía usar todo lo que había aprendido para una tarea que consideraba más urgente: evitar que nadie quedara afuera.

ThinqueBytes: la educación como derecho, no como privilegio

Así nació thinqueBytes, primero como un proyecto personal de más de cinco años y después como una organización sin fines de lucro, el Distinguished Minds Institute.

Su misión es ampliar el acceso a la inteligencia artificial y a la educación STEM emergente, con foco en la inclusión, la pertenencia y las comunidades históricamente desatendidas en el mundo de la tecnología. Hasta hoy, han capacitado en IA a más de mil jóvenes en cuatro continentes.

La idea es tan simple como poderosa: descomponer temas complejos —IA, robótica, ciencia de cohetes— en piezas pequeñas y digeribles.

Son videos cortos organizados en “bytes”, cada uno dedicado a una pregunta que cualquiera podría hacerse: qué es la inteligencia artificial, si debería dar miedo o si va a quitar empleos. El contenido está pensado para quien nunca tuvo contacto con estos temas, pero también para expertos que buscan reconvertirse.

Para Nia, el principio es claro: entender las tecnologías emergentes no debería ser un privilegio, sino un derecho.

Hay una razón personal detrás de esa vocación. Nia sabe lo que es entrar en espacios donde casi nadie se parece a uno. Estudió en una escuela de ingeniería donde había muchos más hombres que mujeres.

También ha vivido el sesgo de quienes están acostumbrados a ver el mundo de una sola manera y se resisten a una realidad distinta. “Esa realidad distinta a veces es, simplemente, gente brillante que merece un espacio en este mundo”, dice.

De la seguridad de la IA a la gobernanza global

Nia no es una tecnooptimista ingenua. Suele explicar la tecnología con una imagen que le gusta usar: la del martillo.

“Un martillo es una herramienta increíblemente poderosa. En las manos correctas, construye una casa, protege y salva a las personas. En manos de alguien muy distinto, puede usarse para hacer daño”.

De ahí su convicción sobre la necesidad de reglas. “Es muy importante tener un mecanismo a escala global para asegurar que la gente entienda cuándo y cómo un producto puede causar daño”, afirma.

No lo ve como una traba, sino como una brújula. Dice que, muchas veces, el objetivo de la regulación es ayudar a la gente a entender qué debe tener en cuenta al construir.

En ese punto, su historia se cruza con la de las Naciones Unidas. Nia describe un mundo que avanza tan rápido que las regulaciones a veces se escriben mientras la tecnología se construye.

También advierte que algunos de quienes desarrollan estas herramientas no cuentan con el conocimiento base para hacerlo con responsabilidad. Por eso, concluye, es crucial que exista una comunidad global que defina parámetros comunes.

Ginebra: cuando una vocación se vuelve consenso mundial

La primera semana de julio de 2026, todo aquello por lo que Nia Jetter dejó su carrera corporativa se convirtió en agenda mundial en Ginebra. Ella forma parte de esta cumbre porque viajó con su equipo para mostrar su trabajo y capacitar a la mayor cantidad posible de personas.

En la apertura del primer Diálogo Mundial sobre la Gobernanza de la Inteligencia Artificial, el primer foro sobre gobernanza de la IA establecido por la Asamblea General de la ONU, con todos los países sentados a la mesa, António Guterres lanzó un mensaje muy cercano al que Nia viene repitiendo desde sus aulas y sus videos.

El secretario general dijo que la inteligencia artificial, usada bien y compartida ampliamente, podría comprimir décadas de desarrollo en años y convertirse en “el gran igualador del siglo XXI”. Pero advirtió que eso no ocurrirá por sí solo: la disyuntiva es gobernar por diseño o ir a la deriva por defecto.

Guterres señaló un punto que Nia conoce de memoria: durante toda la historia, el conocimiento experto estuvo en manos de muy pocos, en pocos lugares y a un costo demasiado alto.

También recordó que 2.200 millones de personas, una de cada cuatro en el planeta, siguen sin conexión al mundo digital.

Doreen Bogdan-Martin, secretaria general de la UIT, reforzó esa idea: para que la IA beneficie a todas las personas, la tecnología y la cooperación internacional deben avanzar juntas, especialmente para quienes aún no se han sumado al mundo digital.

Esta misma semana, en el AI for Good Global Summit, la vitrina de la ONU donde la tecnología se pone al servicio de las personas, y donde Nia ha sido ponente, la conversación se volvió concreta: IA para detectar cánceres a tiempo, llevar internet a escuelas remotas y formar el pensamiento crítico de una generación que crecerá conversando con máquinas.

Nia tuvo la carrera con la que muchos sueñan. Podría volver a ella cuando quisiera, pero eligió este momento de la historia para estar donde cree que debe estar.

Mientras en Ginebra representantes, visionarios, líderes, lideresas y jóvenes de 193 naciones debaten cómo evitar que la inteligencia artificial se convierta en un privilegio que agrave las desigualdades, en algún salón de Ghana o en una pantalla en cualquier rincón del planeta, una persona que nunca imaginó entender qué es un algoritmo está aprendiendo a hacerlo.

Es gracias a una ingeniera que decidió que el futuro de la IA no se escribe solo en los laboratorios de las grandes tecnológicas, sino también en las aulas donde lleva a todos en el viaje.



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