Publicada el: 22 de septiembre de 2026 :: 9:43 am

Manglares, una defensa natural frente al cambio climático en el desierto

Manglares, una defensa natural frente al cambio climático en el desierto

Cuando se menciona Abu Dabi, capital de los Emiratos Árabes Unidos, no suele pensarse en bosques. El clima es árido y la vegetación terrestre es escasa, pero en la costa los manglares dibujan un paisaje verde intenso.

Entre la subida y la bajada de las mareas, sus raíces se hunden en el fango, los peces se alimentan y se reproducen, y los visitantes recorren en kayak los canales que se abren entre los árboles.

Para Gabriel Grimsditch, del Departamento de Ecosistemas Marinos y Costeros del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), los manglares de Abu Dabi muestran que su valor no depende solo de su aspecto, sino de los servicios que prestan, como la protección de la costa.

Los manglares crecen en la zona intermareal, donde el mar se encuentra con la tierra, y están adaptados a ambientes salinos.

“El denso y complejo sistema de raíces de los manglares es capaz de fijar y capturar sedimentos, permitiendo que la línea de costa se vaya sedimentando y elevando”, explica Grimsditch. Eso ayuda a enfrentar el aumento del nivel del mar.

A diferencia de los diques marinos, que deben diseñarse, construirse y mantenerse, los manglares funcionan como una defensa viva. Si las condiciones ecológicas son adecuadas, pueden crecer, regenerarse y seguir protegiendo la costa.

Un informe del PNUMA de 2023 señala que los manglares pueden reducir el riesgo de inundaciones para al menos 15 millones de personas al año y evitar al menos 6.500 millones de dólares en pérdidas potenciales. En Fiyi, un análisis económico concluyó que su relación coste-beneficio es 3,5 veces mayor que la de los diques artificiales.

La restauración no siempre es sencilla. Grimsditch explica que, tras sufrir daños, los manglares pueden recuperarse de forma natural o mediante plantación artificial, pero el proceso depende del lugar y de las condiciones ecológicas.

Ese proceso suele requerir entre 15 y 30 años. En sus primeras etapas, los manglares jóvenes ya pueden estabilizar la costa y servir de hábitat y zona de cría para los peces.

Los manglares maduros, sin embargo, aportan servicios ecosistémicos más estables y ricos. Por eso, desde la conservación, suele ser más importante proteger los que ya existen que esperar a que desaparezcan para iniciar una restauración larga.

Los últimos datos de vigilancia satelital global muestran además un cambio relevante: desde que comenzó el monitoreo, la superficie mundial de manglares ha registrado por primera vez un crecimiento neto. La extensión nueva supera a la perdida.

Ese avance sugiere que los esfuerzos de protección y restauración aplicados en algunos países y regiones están dando resultados. Pero Grimsditch advierte de que eso no significa que la crisis haya terminado.

El cambio climático, el desarrollo costero y la acuicultura, en especial el cultivo de camarones en algunas regiones, siguen presionando sobre estos ecosistemas. Cuando se degradan, disminuye su capacidad de fijar sedimentos y aumenta el riesgo de erosión e inundaciones.

También se resienten las especies que dependen de ellos. Según los datos del PNUMA, más de 1.500 especies en todo el mundo dependen de los manglares para sobrevivir, y al menos el 15 % está amenazado de extinción.

Los manglares son, además, un importante reservorio de carbono. Cuando se destruyen, el carbono almacenado durante largo tiempo en los bosques y en los suelos puede volver a la atmósfera.

Abu Dabi ofrece un ejemplo llamativo. En una ciudad desértica, los manglares ayudan a mejorar la calidad del agua, sirven de criadero de peces y ofrecen espacios para actividades de ecoturismo como el kayak o los senderos entre manglares.

Grimsditch subraya que, aunque el almacenamiento medio de carbono por hectárea puede ser menor que en manglares de zonas más húmedas, su valor ecológico sigue siendo alto. Además, la superficie de manglares locales continúa creciendo.

Eso convierte a Abu Dabi en un caso simbólico: incluso en un entorno desértico, los manglares siguen siendo un activo natural clave frente al cambio climático.

En Kenia, el PNUMA colabora con las autoridades en la protección y restauración de manglares en aldeas y ciudades costeras. En algunas zonas, la recuperación avanza y los proyectos ya se vinculan con la financiación climática.

Como los manglares pueden absorber y almacenar carbono, sus iniciativas de protección y restauración pueden generar créditos de carbono. Quienes quieren compensar parte de sus emisiones compran esos créditos y los fondos se destinan después a las comunidades locales.

Según Grimsditch, en un proyecto que lleva al menos 10 años en marcha, esos ingresos se han usado para educación, salud e incluso para ayudar a formar equipos de fútbol. Para la población local, proteger los manglares también puede traducirse en mejores servicios y más oportunidades.

En Costa Rica, la relación entre manglares y economía comunitaria pasa por otra vía. Un manglar situado en una reserva marina es un importante hábitat de cría para el tiburón martillo, una especie en peligro.

Ese tiburón, a su vez, está ligado a actividades como el buceo y el ecoturismo. Los manglares protegen así un sistema interconectado: la costa, los peces, la biodiversidad, el almacenamiento de carbono, la pesca, el turismo y a los habitantes locales.

No siempre fue así. En muchos lugares, los manglares fueron vistos como tierras pantanosas de escaso valor o como un obstáculo para el desarrollo. Pero el avance del cambio climático ha impulsado una nueva mirada sobre este ecosistema.

Algunas comunidades costeras de India y Bangladés se beneficiaron de su efecto amortiguador frente a ciclones y mareas de tempestad. Durante el tsunami del océano Índico de 2004, también se atribuyó a los manglares de algunas zonas de Tailandia un papel protector.

Todo ello apunta a una idea cada vez más clara: los manglares no son solo naturaleza salvaje que deba preservarse por separado de la vida humana. Son una infraestructura natural para las sociedades costeras.

Y, a diferencia de un muro de hormigón, esta infraestructura crece, se reproduce y puede ofrecer al mismo tiempo pesca, biodiversidad, almacenamiento de carbono y turismo. Frente a un clima más extremo y la subida del mar, a veces la respuesta ya está entre la marea y la tierra.



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