Los niños crecen en zonas de conflicto sin vacunas, sin atención médica y sin protección
Esa etapa es también cuando los menores deben recibir sus vacunas, fundamentales para el sistema inmunológico, para prevenir enfermedades graves y evitar epidemias que, en contextos frágiles, pueden tener consecuencias devastadoras.
Porque, en conflictos como el de Sudán, la pediatría es aún más esencial para la infancia. En un país en guerra trabajamos con grandes necesidades médicas, con programas de vacunación interrumpidos y con familias que viven rodeadas de miedo e incertidumbre. En contextos así, asegurar la salud de la infancia es una responsabilidad urgente: cuidar a quienes están empezando a vivir también es proteger su futuro.
“Álvarez subrayó, antes de relatar la historia de Munasa, una niña de 3 años que llegó hace unas semanas al Hospital Universitario de Zalengei con una herida de bala en la espalda. Dijo: ‘Imagínate ser niño o niña y crecer en medio de una violencia constante’ ”, relató, previa a contar el caso.
La niña recibió un disparo mientras jugaba frente a la puerta de su casa. Sus abuelos la trajeron tras cinco horas de viaje; la niña seguía asustada. El proyectil perforó el intestino, pero afortunadamente se operó a tiempo y evolucionó favorablemente en la UCI, y hace unos días se fue a casa totalmente recuperada.
Sin embargo, aunque parezca que las heridas causadas por balas o explosiones son la principal amenaza para la salud de niños y adolescentes en un conflicto, la realidad es otra. Cuando la guerra arrasa hospitales, escuelas y barrios enteros, rompe el tejido social y sanitario que sostiene la vida cotidiana, la infancia queda totalmente desprotegida. Los más pequeños se convierten en víctimas silenciosas de esa destrucción.
La comida se convierte en un arma de guerra y aparece la desnutrición. Los niños y niñas crecen rodeados de una violencia constante, lo que les provoca heridas invisibles que dejarán huella en su salud mental. Las campañas de vacunación se detienen y reaparecen enfermedades que sabemos prevenir, como el sarampión o el cólera. Es entonces cuando nuestro trabajo se vuelve más necesario que nunca.
En Sudán, por ejemplo, hemos llevado a cabo una campaña urgente de vacunación en el Hospital de El Geneina, en colaboración con el Ministerio de Salud. Allí, en tan solo seis días del pasado mes de enero, vacunamos contra el sarampión a 174.000 niños y niñas de entre 9 meses y 15 años en casi 250 puntos de vacunación.
En nuestros proyectos en zonas de conflicto también es esencial la atención psicológica y el uso del juego como terapia. En Zalingei hemos creado un espacio seguro para paliar los devastadores efectos de la violencia en la salud mental de los más pequeños. Además, desde que llegamos a este hospital hace dos años, hemos restablecido áreas tan importantes como las de urgencias, neonatología, pediatría, desnutrición y epidemias.
Acciones como estas, que permiten aliviar el sufrimiento a miles de niños y niñas, no serían posibles sin el esfuerzo de las personas que nos apoyan y colaboran con nosotros: gracias a ellas, muchos menores que viven en países afectados por conflictos armados pueden recibir atención médica gratuita y de calidad.
Con cada persona a nuestro lado, atendemos enfermedades, vacunamos a niños y niñas que nunca han recibido una sola dosis y tratamos la desnutrición y los problemas de salud mental derivados del conflicto. Juntos podemos darles un poco de seguridad y esperanza de








