Publicada el: 21 de abril de 2026 :: 7:09 am

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Estuve aquí en octubre de 2024, durante la escalada anterior de la guerra en Líbano. En aquel momento, los equipos de MSF se dedicaban a reparar tuberías y aseos deteriorados para que las personas que se habían refugiado en el interior, muchas de ellas con necesidades especiales, tuvieran acceso a agua limpia y a condiciones de vida seguras.

No me di cuenta hasta volver a entrar en el edificio, hace apenas unos días, de lo mucho que había intentado olvidar. Paredes grises. Techos grises. Suelos grises. Las mismas escenas. Las mismas dificultades. Entro en un espacio despojado de calidez y color. Charcos de agua salpican los suelos y las esquinas. Habitaciones con ventanas sin cristales, llenas de trozos de tela y cartón: cualquier cosa para mantener a raya el implacable frío y la lluvia. Y los sonidos. Los sonidos del agua goteando y de la gente tosiendo me dan la bienvenida a través de los pasillos en ruinas.

Este edificio fue en su día uno de los hospitales más avanzados de Beirut. Mi madre me cuenta que albergó la primera máquina de resonancia magnética de la ciudad. Mi abuela incluso recibió atención aquí una vez, en 1990. Tras años de inestabilidad social, fue abandonado y dejado a su suerte. Un edificio que en su día representaba la atención médica y la recuperación, ahora representa algo completamente distinto. Un refugio colectivo, hogar de casi 400 personas que se han visto desplazadas a la fuerza una vez más.

Madres. Personas mayores. Pacientes que necesitan recibir diálisis y tratamiento contra el cáncer. Familias de diferentes condiciones sociales, unidas por el desplazamiento. Sin aseos. Sin agua corriente. Y una lucha diaria que se ha vuelto mil veces más difícil.

Estoy aquí como parte de un equipo de MSF. Nuestras clínicas móviles y diferentes equipos visitan refugios como este, respondiendo a la ingente cantidad de necesidades a las que se enfrentan estas personas. Mi colega, Mohammad Dandash, responsable de logística de MSF, me guía por el edificio de 12 plantas. MSF trabajó aquí durante la escalada de 2024, limpiando aguas grises y reparando aseos para personas con discapacidad o necesidades especiales. Tras el alto el fuego, las familias regresaron a sus hogares.

Dieciséis meses después, con el recrudecimiento de los bombardeos israelíes y las órdenes de evacuación generalizadas, más de un millón de personas en Líbano se han visto obligadas a abandonar sus hogares, algunas por segunda o tercera vez. El sótano es una zona inaccesible, deteriorada por décadas de residuos y agua estancada. En la escalera pasa un anciano cargando bidones vacíos. Mohammad me cuenta que este trajín de subidas y bajadas, una y otra vez, pronto dejará de ser necesario. Mis compañeros han instalado depósitos de agua de 15.000 litros y están trabajando para restaurar el sistema de tuberías y llevar agua limpia y potable al edificio.

Llegamos al rellano del tercer piso; el gris que me rodea se ve interrumpido por prendas de colores vivos tendidas a secar en cuerdas y por una puerta beige cada pocos metros. La luz es tenue, pero aquí hay señales de vida. Una silla de ruedas desvencijada está abandonada junto a una puerta, sin rastro de su dueña. Y entonces, una mujer me saluda con una sonrisa.

«Tenemos una recién nacida en esta planta. ¿Le gustaría verla?»

Le devuelvo la sonrisa, instintivamente, aunque algo se me oprime en el pecho al pensar en un recién nacido en un lugar donde se oye constantemente el goteo del agua. La sigo hasta una habitación marcada con el número 302, y se me encoge el corazón. La pequeña Nour se encuentra envuelta en un tejido rosa. Nació el 16 de marzo, una noche en la que los ataques aéreos israelíes arrasaron su antiguo barrio. Su madre recuerda el sonido del bombardeo implacable mientras se ponía de parto. Una semana antes, la familia había huido de su casa en los suburbios del sur de Beirut y se había refugiado en esta habitación a la que se accede a través de un vano sin puerta. Un trozo de tela sustituye ahora al cristal que debería haber en la ventana, con el fin de protegerse mínimamente del viento y la lluvia. En una esquina hay colchones apilados. Una alfombra gastada marca el espacio donde hay que quitarse los zapatos.

«Su madre es cálida y acogedora. “No paro de desinfectar y limpiar”, me cuenta. “Soy casi obsesiva con eso. Es aún muy pequeña y no quiero que pueda contagiarse de nada”».

Al otro lado del pasillo, Ali (10 años) y Abbas (5) juegan en silencio. Ambos nacieron con dificultades cognitivas y de movilidad. Ambos necesitan cuidados especiales. «Abbas estaba mejorando mucho con la fisioterapia y la logopedia», dice su tía, Zainab. Pero la guerra se lo quitó todo. Tanto ella como su hermano perdieron sus trabajos y sus ingresos. La terapia se interrumpió. Luego llegó el desplazamiento forzoso. ¿Cómo seguir con los cuidados y la recuperación cuando la vida cotidiana gira en torno a conseguir lo básico: comida, agua limpia y calor? Zainab solía trabajar como limpiadora en un restaurante, por lo que entiende de primera mano lo que significan estas condiciones. «Solo quiero que tengan un futuro», dice.

La falta de agua, saneamiento e higiene no es solo una cuestión de dignidad, sino también un grave riesgo para la salud pública. Aumenta la probabilidad de padecer afecciones cutáneas y enfermedades transmisibles evitables, especialmente entre los niños y niñas así como las personas que ya de por sí son vulnerables desde el punto de vista médico. También transforman la vida cotidiana de formas más silenciosas e insidiosas. Nuestros equipos médicos incluso han visto a personas desarrollar infecciones del tracto urinario porque reducen su ingesta de agua para evitar tener que buscar un baño. «Las personas que se han visto desplazadas a estos lugares suelen llegar sin nada, pero lo que empeora la situación es no contar con las condiciones mínimas para vivir con seguridad», explica Elena Fernández, coordinadora adjunta de logística de MSF. «Sin agua ni saneamiento, incluso mantenerse sano se convierte en una lucha diaria».

En todo Líbano, los equipos de MSF trabajan en 252 refugios como este para proteger la salud de las personas y satisfacer la necesidad básica de agua potable y saneamiento, rehabilitando sistemas de agua y respondiendo a las necesidades urgentes en materia de agua, saneamiento e higiene (WASH). Hasta ahora, han instalado 490 aseos y