Gustavo “Cuchi” Leguizamón, figura del folclore argentino
Leguizamón nació en la capital salteña el 29 de septiembre de 1917. Su vínculo con la música comenzó a los dos años, cuando un familiar le regaló una quena. Después siguió con la guitarra, el bombo y el piano, instrumento con el que exploró y renovó formas tradicionales del folclore.
Sin dejar la música, se recibió de abogado. También fue profesor de historia y filosofía, asesor cultural y diputado provincial por el Movimiento Popular Salteño durante la presidencia de Arturo Illia, entre 1963 y 1966.
A lo largo de su vida se relacionó con varios poetas, entre ellos Manuel J. Castilla, con quien formó una de las duplas más destacadas del folclore argentino. Se conocieron en 1943.
De esa colaboración surgieron obras como “La zamba del pañuelo”, “Lloraré”, “Me voy quedando”, “Carnavalito del duende”, “Canción del que no hace nada”, “Zamba de Balderrama” y “La Pomeña”.
Leguizamón fue considerado un innovador del género porque entendía el folclore como una expresión viva, capaz de dialogar con otras músicas. Su formación y curiosidad artística le permitieron incorporar recursos armónicos y melódicos poco habituales en las formas tradicionales.
Compuso más de 800 obras, entre zambas, chacareras y vidalas, además de piezas sinfónicas y corales. Su música trascendió el folclore y fue interpretada por artistas de otros géneros. También musicalizó textos de Jorge Luis Borges y Pablo Neruda, y recibió premios como el Fondo Nacional de las Artes y SADAIC.
Diez canciones de “Cuchi” Leguizamón quedaron como emblemas de la música popular argentina.
“La Pomeña”. Con letra de Manuel J. Castilla, está inspirada en Eulogia Tapia, una coplera de La Poma.
“Balderrama”. Evoca la peña y casa de comidas que se convirtió en punto de encuentro de músicos y poetas.
“Zamba del pañuelo”. Fue una de las primeras grandes creaciones de Leguizamón y Castilla, y se volvió una pieza central del repertorio folclórico argentino.
“La arenosa”. Nacida también de la colaboración con Castilla, combina poesía y música en una evocación del paisaje norteño.
“Maturana”. Refleja la riqueza melódica y armónica del universo musical del “Cuchi”.
“Zamba de Juan Panadero”. Es una de las obras más recordadas de su repertorio y muestra el peso de la poesía de Castilla en su producción.
“Zamba de Lozano”. Recupera paisajes y referencias del noroeste argentino y muestra la capacidad del músico para convertir elementos regionales en canciones de alcance nacional.
“Zamba de Argamonte”. Es otra de las obras emblemáticas de Leguizamón y Castilla, incluida en repertorios dedicados al compositor salteño.
“Chacarera del expediente”. Destaca porque Leguizamón escribió tanto la música como la letra. Con humor y mirada crítica, exhibe otra faceta del artista.
“Carnavalito del duende”. Permite acercarse a Leguizamón más allá de las zambas y a su exploración de otros ritmos de raíz folclórica.
Leguizamón no se limitó a conservar la tradición: la cuestionó y la transformó. Su obra mostró que el folclore podía mantener sus raíces y, al mismo tiempo, abrir nuevos caminos.








